El “escorpión” de Higuita y el valor de reconocer lo disruptivo
- Luis Felipe Domínguez

- 16 oct
- 3 Min. de lectura
El 6 de septiembre de 1995 en el mítico estadio de Wembley, Inglaterra y Colombia jugaban un amistoso rutinario cuando el portero René Higuita decidió desafiar la lógica.
Ante un disparo bombeado de Jamie Redknapp, el portero colombiano midió la pelota pero no la atrapó con las manos ni despejó con el pie. Se lanzó en clavado hacia adelante y en pleno aire, arqueó su cuerpo levantando las piernas hacia su espalda, para evitar el gol con los talones.
La “atajada del escorpión” nacía, dejando a aficionados y comentaristas sin palabras.

Una jugada que nadie esperaba.
Lo que parecía un amistoso sin mayor trascendencia y una atajada más, terminó siendo uno de los gestos técnicos más asombrosos y recordados en la historia del fútbol. Pero el portero sorprendía al mundo todos los días.
A lo largo de su carrera, René Higuita fue considerado un “loco”: salía del área, driblaba rivales, iniciaba ataques, cobraba penales y tiros libres.
Continuamente cuestionaba lo establecido, mostrando que había otras formas de jugar. En su momento, muchos lo vieron como imprudencia pero al final dejó una huella que terminaría influyendo en cómo se concibe el papel de un portero moderno.
Décadas después, se reconoce que fue un pionero: su estilo inspiró cambios en las reglas (el famoso pase hacia atrás) y abrió la puerta a que porteros de élite como Manuel Neuer, Marc-André ter Stegen o Ederson sean valorados hoy como un “jugador extra” en la construcción de juego.
Cuando los visionarios chocan con el sistema.
René Higuita se adelantó a su tiempo; pero como muchos genios a lo largo de la historia, fue incomprendido en su momento porque las estructuras alrededor suyo no estaban listas para su innovación. Él ya jugaba a un deporte que el resto aún no podía ni imaginar.
Pocos sabían que había comenzado desde niño como delantero, y que dio el salto bajo los tres palos cuando su equipo no tenía quién cubriera esa posición. Contrario a lo que muchos pensaban, era un jugador de sacrificio, más que de llevarse la gloria.
O que su “jugada del escorpión” no era del todo improvisada. Llevaba meses practicándola como parte de su rutina de calentamiento, y a sus compañeros no les sorprendía cuando la ejecutaba en los entrenamientos.
¿Qué hacemos con un “Higuita” dentro de nuestra organización?
En las empresas, este fenómeno es común. Surgen profesionales que piensan distinto, que plantean soluciones fuera de lo convencional y que parecen ir “demasiado rápido” para la organización. Muchas veces son etiquetados como problemáticos, arriesgados o poco realistas. Pero años más tarde, esas mismas ideas terminan siendo estándar en la industria.
¿Lo etiquetamos como un rebelde y lo aislamos? ¿O reconocemos que puede estar mostrándonos un camino nuevo, abriéndonos las puertas a la verdadera innovación?
El reto de los líderes no es sólo mantener el orden, sino también detectar a tiempo el valor de lo disruptivo. Acompañarlo, darle contexto y convertirlo en ventaja competitiva.
Una reflexión personal.
Cuántas veces no hemos visto empresas que dejan ir a talentos adelantados, porque no supieron integrarlos ni darles espacio. Es más fácil gestionar lo conocido que apostar por lo inusual. Pero, como en el caso de René Higuita, lo que hoy parece un acto extravagante puede ser la semilla de un cambio que transforme roles o industrias completas.
No se trata de tolerar cualquier excentricidad sin criterio, sino de desarrollar la capacidad de discernir cuándo estamos frente a alguien que no “rompe las reglas” por ego, sino porque ya ve el juego de otra manera.
René Higuita lo dijo sin rodeos:
“Algunos me llamarán payaso; otros, pionero.”
El tiempo resolvió la duda.
En los negocios, como en el deporte, hay momentos en los que lo disruptivo desconcierta. Lo fácil es descartar, lo sabio es analizarlo, nutrirlo y darle cabida. Porque puede que lo que hoy nos parece un acto excéntrico, mañana se convierta en la jugada que cambie la historia.
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